Cronaím thú Eire

Es espantoso, pero cada vez que tengo un bajón hormonal (cosa que sucede una vez al mes) me da una morriña espantosa de Irlanda.
Es gracioso por que hoy llueve a mares aquí, y si quisiera, que no es el caso, con ponerme el chubasquero y salir a la calle, eligiendo cuidadosamente el camino, quizás podría hacerme la ilusión de que estoy deambulando por Dublín.
Pero no es lo mismo, la lluvia aquí no es igual, el aire no huele igual, las piedras no tienen el mismo color.

Echo de menos el Pub McCloskey's con su suelo enmoquetado y sus sofás de ski granate; dos televisiones gigantes que pasaban deporte a todas horas, sus medios biombos, sus señores mayores con pantalones de pinzas y zapatillas impermeables que jalean al equipo de rugby local y le animan a golpear con más dureza al "enemigo inglés". Ese camarero, curtido en años, que a la segunda pinta se sabe tu nombre y si te gusta la piña en la salsa de curry de la cena que te servirá un rato después. El borracho tradicional, al que conoce todo el mundo, y que desafía las leyes de la gravedad y la longitudinalidad cuando se marcha al baño y vuelve a rastras.

Añoro muchísimo el sabor que tiene allí el té y las cervezas. La cantidad ingente de pasteles y tartas que se ven en los escaparates de las cafeterías. La manera tan espantosa de combinar colores y texturas que tienen los adolescentes y la posibilidad de comprar cualquier cosa de segunda mano.

Recuerdo con nostalgia la George's Street Arcade con sus múltiples tiendas y puestos de magdalenas con ínfulas, y el Simon's Place, mi trocito de cielo en la tierra. La música de estilo jazz fusión que no me gusta nada en absoluto pero que se hace adorable allí, los carteles de festivales de danza contemporánea, exposiciones de estudiantes de arte y mercadillos de ropa vintage.

No sentirme para nada una extranjera, si no más bien, una retornada al hogar. Como si estuviera donde debería estar y no donde no queda más remedio. Maravillarme hasta con los charcos y sus ondas en los cantos rodados de las calles más antiguas.

Porque ningún sitio es más bonito que mi Dublín, ese que no es el Dublín de verdad, y el que, de irme a vivir allí, jamás sería capaz de volver a encontrar.
Ya se que las cosas cuando uno viaja se ven de otra manera, que todo parece más bonito, más adecuado y más romántico (en el sentido no sentimental de la palabra)... y que nunca coincide con la realidad... Pero eso es lo que pasa cuando te enamoras... tampoco puedes decir que conozcas a esa persona de verdad y pasas por alto los cientos de defectos que te sacarán de tus casillas años después.

En días como hoy me encantaría poner los cuernos a mi vida normal con esa vida idealizada y dublinesa.

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